El 8° Pasajero. Destino destino.

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A sus 26 años ha cogido con una cantidad inmensa de hombres, podría presumirse que al menos, por semana, entabla entre una y tres relaciones sexuales con distintas personas que a su vez los obliga a más de un acto coital. Camilo se define de la siguiente manera “soy un buscador de sexo, me gusta conocer vergas: grandes y chicas, de colores y tamaños, quiero que me metas tu verga que está bien grandota y de color carnita, así, bien linda, como la de un niño vergudo”. Por primera vez una persona describe de forma peculiar mi pene. Le tomo una foto, su rostro y cuerpo parecen de treinta y tantos años. Es extraño, pero esa necesidad de tener sexo, es el resultado de su cutis, de su piel y su cuerpo que parecen ligeramente agotados o sumidos por una falta de vitaminas u otra clase de felicidad que alimentan los cuerpos. Al dedicarle la mayor parte de su tiempo al sexo, está cayendo en una tonalidad grisácea que no se antoja probar a pesar del poder económico con el que cuenta. Zygmunt Bauman define a este tipo de personas como Homo sexualis. Desde el momento en el que toman conciencia (sea culturalmente aprendida, por gusto, por una misteriosa hambre insaciable, por domesticación o cualquiera que fuera la razón) dedican la mayoría de su vida a buscar sexo dividiendo su mundo en dos planos: Trabajo/Busqueda. “El homo sexualis no es un estado y menos aún un estado permanente e inmutables, sino un proceso, minado de ensayos y errores, de azarosos viajes de descubrimiento y hallazgos ocasionales, salpicado de incontables traspiés, de duelos por las oportunidades desperdiciadas y de la alegría anticipada de los suculentos platos por venir”. A menos de una semana de conocerlo he recibido 100 mensajes pidiendo sexo desesperadamente. Le entrego su foto, me niego a querer exponer mi cuerpo desnudo, le entra la ira, se va al último vagón a desquitar su frustración con otro octavo pasajero, decide estallar en putería, coge coge coge y coge hasta calmar la furia del rechazo. Pasa el tiempo, recompone su estabilidad, se siente solo, su frecuencia sexual baja, necesita buscar en su bolsillo de contactos abandonados una dosis de penetración anal. Vuelve a escribir, esta vez trata de ser más negociable, incluso me ofrece dinero, no puedo aceptar, no nací para chichifear. La luna menguante golpea mi mente, no tengo respuesta, dejo sus mensajes fluir y me pongo a escuchar Energy Flow de Ryuichi Sakamoto como si fuera una oración que viaja a través del espacio. A lo largo de los libros y un par de verdades científicas, pierdo mi espíritu sexual y no esa fuerza física que diario me cosquillea, más bien, desaprendí  a querer tener sexo (o al menos ya no tan al aventón). Destino destino, parezco atrapado en tu rueda magnífica, estoy entre el hermoso río de la sabiduría y el instinto sexual, soy preso de los dos y no sé cuál escoger, soy duda y lo que sigue después de esa palabra. Me encierro en mi habitación, bebo mucha agua, el sabor me da tranquilidad, sabor a nada. Dejo volar los mensajes de Camilo, le pido de corazón volver al último vagón a desquitar su calentura, no temo, no temo… aceptaré la rueda del destino destino si es que en un futuro nadie quiere coger conmigo, aceptaré la verdad y renunciaré a lo que muchos especialista llaman “hambre de piel”, no me sumergiré en una alterada pederastia para coger con chavitos, no pagaré chacales, ni me someteré a vibradores parlantes, no buscaré un refugio contra la soledad, sólo aprenderé a confiar en la rueda del destino destino…

Amor que no se atreve a decir su nombre, yo te invoco en medio de la orgía en la cual me tienen prisionero y no quiero participar.

El °8 Pasajero. Chacal ac-tivo.

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A la altura de la estación Tepito, un hermoso joven estaba en el rincón más olvidado del espacio humano mirando al vacío y moneando con la tristeza de quién canta para olvidar el dolor. Dentro del último vagón se puede apreciar a las personas bebiendo o drogándose como un mal hábito, pero hoy, la mona llegó del cielo, abasteciendo el embrutecimiento del cautivador chacal.

Sus pequeños ojos me miraban, no sabían que decir, por un lado creí que me asaltaría con esa rudeza que distinguen su fama, pero por el otro entendía la profundidad de esa mirada ante su situación, y más en ese rincón enroscado como animal herido por una flecha de desamor, esperando convertirse uno con su creador. Gastón Bachelard dice que el rincón es un refugio que nos asegura un primer valor del ser: la inmovilidad. Si se recuerdan las horas del rincón, se recuerda el silencio, un silencio de los pensamientos donde todos hemos habitado desde distintas épocas con distintas formas, pero siendo uno mismo en la depresión.

Antes de llegar a Buenavista, le hago una seña con mis ojos (ya domino mi habilidad de seducción visual), me sigue, parece nervioso, sigue activando con un pequeño pedazo de papel Suavel que se entremezcla su aroma a lavanda con solvente de pintura. Lo primero que le pregunto “¿te encuentras bien?” dice que no, pero su mundo corporal responde lo contrarío. Parece alejarse cuando ve a dos policías, teme ser detenido por llevar activo.

Sigo mi camino hasta los torniquetes, se acerca, me mira llenó de nostalgia, quiero arrancarle lo narcótico ante los cientos y cientos de transeúntes que pasan, se me antoja comenzar a monear pero recupero la realidad. Le pido que tire la mona, lo hace, parece más sereno. Me dice “Creo que yo soy el del problema”. También los culpables se autodestruyen al mismo nivel que los lastimados, me pide escribir su historia de vida.

Le entrego un pequeño pedazo de papel con mí número celular, temo que lo use para seguir moneando, me despido, debo ir a la biblioteca y dejar al chacal enfrentarse a su propia soledad. Alrededor del día veo a muchas personas moneando, en la Alameda, en los pasajes del Centro Histórico, la droga de 10 pesos traída del cielo, bendecida por los santos… Jesús (el chacal) Salvador Paz (con los más llenos apellidos) regresa a su casa, se toma un baño caliente y decide escribirme como le sugerí.

Me quedé dormido, entre sueños sentí sus besos sabor activo, su ropita blanca caer al suelo y su virilidad al tope me hechizaron como San Judas a sus devotos. Mis ojos notaron un pene erecto, sentí lo que muchos sienten al ser poseídos entre los brazos de un chacal, ese erotismo natural y puro que los homosexuales experimentamos. Espero que Jesús, mí chacal, pueda reconciliarse con su pareja.

El °8 Pasajero. El hombre de las manos arrugadas.

Porque su ropa no luce a la moda y sobre todo, su pose no enamora. Sentado desde Tasqueña hasta Cuatro Caminos espera, y espera y espera… desea las noches cálidas a lado de un muchacho o una piel suave entre sus brazos los cuales parecen perder su propia gravedad.

Los chicos pasan, posan, ligan y se van… las estaciones iluminan los secretos nocturnos de estos hábiles idilios. Y el tiempo pasa y no liga nada, se esfuerza por mantener esa sonrisa y yo me encanto de tal valentía. Sigue leyendo