Miedo y asco en Las Vegas. El periodismo verdaderamente políticamente correcto

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Cuando comencé a leer una de las obras más emblemáticas de Hunter S. Thompson le comenté a mi hermano que me fascinó un párrafo. Él me comentó que Hunter había confesado que también era su párrafo favorito. La coincidencia me dejó muy exaltado porque a pesar de los años y la vida de cada uno, nuestro gusto parece estar vinculado a los deseos de escribir con una pasión salvaje y poética. Mi vida no es tan grandiosa como la de Hunter, no la he llevado al límite que trastoca la ilegalidad como para tener que huir de un Estado, pero he sabido vivirme de un mundo fuera de lo común. Antes de compartirles el párrafo debo recomendarles la obra.

La crónica de Hunter es conocida como Periodismo Gonzo, una nueva forma creativa de introducirnos en una historia real, de hecho, más que una forma creativa, es la única manera disponible de haber accedido a la historia. El periodismo tiende a exigir una neutralidad, su ética se enfoca en reafirmar que no se puede tomar partido ni protagonismo sobre un tema, eso es lo llamado “políticamente correcto”. Desde que comencé a leer crónicas hay enormes tintes de opinión personal por parte de los periodistas que rozan entre el ego y la verdad. No todos tratan de escribir Gonzo periodismo, pero aquellos que lo han hecho, lograron plasmar escenarios sumamente sórdidos y no habitables para muchas de las personas.

La historia comienza con un viaje a Las Vegas donde Hunter y su Abogado van a cubrir un evento automovilístico. Mientras viajan por la carretera repletos de Mezcalina la memoria sufre una dislocación de los hechos, dotando al texto de una escritura en primera persona con los recuerdos más lúcidos, además de notas y grabaciones muy deficientes, a pesar de ello, se crea un retrato crudo de una sociedad estadounidense que comienza a desplazar las drogas estimulantes para dar paso a una horda de heroinómanos cortesía del presidente Richard Nixon.

Desde luego. Pero, ¿qué es sano o saludable? Sobre todo aquí en “nuestro propio país”… en la desdichada era de Nixon. Todos estamos ya conectados a un viaje de supervivencia. Se acabó la velocidad que alimentó a los sesenta. Los estimulantes se han pasado de moda. Este fue el fallo fatal del viaje de Tim Leary. Anduvo por toda Norteamérica vendiendo “expansión de la conciencia” sin dedicar ni un solo pensamiento a las crudas realidades carne/gancho que estaban esperando a todos los que le tomaron demasiado enserio. Después de West Point y del Sacerdocio, el LSD debió parecerle muy razonable… pero no produce gran satisfacción saber que él mismo se preparó su propia ruina, porque arrastró consigo al pozo a muchos otros, a demasiados.

No es que se lo merecieran: recibieron todos sin duda lo que merecían. Todos aquellos fanáticos del ácido patéticamente ansiosos que creían poder comprar Paz y Entendimiento a tres billetes la dosis…

Las contraculturas de la revolución sexual fracasaron y hay textos que documentan el fracaso, una de las obras más emblemáticas de la misma editorial Anagrama es sin duda “Filosofías del Underground” del historiador Luis Racionero. Hunter descubre está pérdida de la sociedad mientras cambia de su evento inicial a un congreso de policías que combaten los narcóticos como si vivieran en una década pasada.

El humor y la violencia mantienen una tensión, las atmosferas son te convierten en un sujeto que convive con estos dos dementes, incluso hay escenas que son difíciles de leer, en pocas ocasiones me ha sido difícil poder continuar con la lectura, esta situación solo la he logrado cuando leo crónicas de este calibre.

Hunter vive la muerte de Estados Unidos y sus juventudes. Si comparamos esta novela que fue hecha en la década de los setentas con nuestra actualidad, veremos una mera apariencia de lo que representan nuestras supuestas juventudes libres y favoritas de hacer un cambio, estamos tan muertos como el tiro que el autor se dio para quitarse la vida. Nuestros drogadictos mexicanos son un chiste como muchos de sus escritores que actualmente están posicionados y son considerados la “Literatura”, escritores (del norte y la Ciudad) que tratan de documentar el exceso mientras inhalan cocaína y comen gorditas de chicharrón. En contraste, somos unos míseros y lamentables marihuanillos creyentes de cambiar a un país en guerra a tres billetes la dosis

Ahora, los dejo con el párrafo más bello de un periodista de la generación Beat.

Extraños recuerdos en esta inquietante noche de Las Vegas. ¿Cinco años después? ¿Seis? Parece toda una vida, o al menos una Era Básica: el tipo de punto culminante que no se repite. San Francisco a mitad de los sesenta fueron una época y un lugar muy especiales para quienes los vivieron. Quizá significase algo, quizá no, a la larga… pero ninguna explicación, ninguna combinación de palabras o música o recuerdos puede rozar esa sensación de saber que tú estabas allí y vivo en aquel rincón del tiempo y del mundo. Significase lo que significase…

La historia es algo difícil de conocer, debido a todos esos cuentos pagados, pero aun sin estar seguro de la «Historia» parece muy razonable pensar que de vez en cuando la energía de toda una generación se lanza al frente en un largo y magnífico fogonazo, por razones que no entiende nadie, en realidad, en el momento… y que nunca explican, retrospectivamente, lo que de verdad sucedió.

Mi recuerdo básico de esa época parece anclarse en una o cinco o quizá cuarenta noches (o mañanas muy temprano) que salí del Fillmore medio loco y, en vez de irme a casa, enfilaba el gran Lightning 650 por el puente de la Bahía a ciento sesenta ataviado con unos pantalones cortos y una zamarra de pastor… y cruzaba zumbando el túnel de Treasure Island bajo las luces de Oakland y Berkeley y Richmond, sin saber a ciencia cierta qué vía tomar cuando llegase al otro lado (el coche se calaba siempre en la barrera de peaje, yo iba demasiado pasado para encontrar el punto muerto mientras buscaba cambio)… pero absolutamente seguro de que fuese en la dirección que fuese, encontraría un sitio donde habría gente tan volada y cargada como yo: de esto no había duda…

Había locura en todas direcciones, a cualquier hora. Si no al otro lado de la Bahía, por Golden Gate arriba, o hacia abajo, de 101 a Los Altos o La Honda… en todas partes saltaban chispas. Había una fantástica sensación universal de que hiciésemos lo que hiciésemos era correcto, de que estábamos ganando…

Y esto, creo yo, fue el motivo… aquella sensación de victoria inevitable sobre las fuerzas de lo Viejo y lo Malo. No en un sentido malvado o militar; no necesitábamos eso. Nuestra energía prevalecería sin más. No tenía ningún sentido luchar… ni por parte nuestra ni por la de ellos. Teníamos todo el impulso; íbamos en la cresta de una ola alta y maravillosa…

Así que, en fin, menos de cinco años después, podías subir a un empinado cerro en Las Vegas y mirar al Oeste, y si tenías vista suficiente, podías ver casi la línea que señalaba el nivel de máximo alcance de las aguas… aquel sitio donde el oleaje había roto al fin y había empezado a retroceder.

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