Reflexión sobre el baile de los 41

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Nota publicada el 7 de septiembre de 1984 en el periódico El Universal. Antes de baile de los 41 existían notas sobre otros bailes que eran penados por travestirse de mujer, de igual manera se castigaba que las mujeres de vistieran de hombres, las llamadas marimachas se vestían de charro para raptar a las doncellas seducidas. 

Hace muchísimos años,

en tiempos tristes y fieros,

se reunieron los obreros,

y con múltiples amaños,

pobrezas y desengaños

trataron de combatir,

para evitar el sufrir

del que queda en la orfandad,

y no encuentra claridad.

Y ve negro el porvenir.

Pero… nunca falta un pero,

viendo bueno al mutualismo

los que viven del cinismo

buscaron en él su fuero.

“Hay que tener compañeros”,

dijeron esos bribones;

y alegando mil razones,

entre ellas las de amistad,

formando su sociedad

Cuarenta y un Maricones.[1]

Periódico El Popular (25 de noviembre de 1901).

 

México adoptó de forma pública la homofobia en el año de 1901 tras el escándalo del famoso Baile de los 41. En esta celebración nocturna, un grupo de personas (la mitad estaban disfrazados de mujer y la otra de sus respectivos caballeros) celebraban una de las libertades más impensables a la moral: la simulación de un cortejo de alto clero. En esa noche festiva se iba a poner en subasta las virtudes de un efebo “En los aquelarres y misas negras los niños son sacrificados. También en la fiesta de Los 41. Allá corría sangre, aquí semen”.[2] La redada fue una sorpresa para todos, pero las versiones que presenta Alejandro García en su estudio Los 41 El baile que escandalizo a México apuntan a que esta trampa pudo ser planeada por Porfirio Díaz para manchar la reputación del bailarín número 42, su yerno Ignacio de la Torre y Mier.[3]

Castigar es una equivalencia casi necesaria. Foucault nos presenta el castigo como un equilibrio al cual no debemos tener vergüenza, al contrario, es en cierta medida justo para las sistemas de poder “El mismo exceso de las violencias infligidas es uno de los elementos de su gloria: el hecho de que el culpable gima y grite bajo los golpes no es un accidente vergonzoso, es el ceremonial mismo de la justicia manifestándose en su fuerza”.[4] Los 41 fueron sometidos a trabajos forzados en Yucatán por este Baile Nefando “El pecado nefando contradice a tal punto ‘la esencia’ de los mexicanos (y de los seres humanos) que se le deja a la cultura oral el castigar al marica, el monopolista de los agravios contra la masculinidad”.[5] Donde el castigo de la homosexualidad debe ser la humillación, la denigración, ofensas y una exclusión tan atroz que nos haga dejar de ser humanos para convertirnos en una sustancia peor a las enfermedades, “El joto amenaza a la continuidad de la especie y a los valores fundamentales, y el agravio se extrema al dejarse ver en campos donde era inexistente por invisible”.[6] Cabe mencionar que ser homosexual no era un sujeto ilegal  “Porque en México desde que hay estatutos constitucionales nunca ha sido delito ni impedimento legal la homosexualidad o la conducta afeminada”.[7] Y en una sociedad delirante de fiestas y los excesos en el placer del mexicano; su castigo, la desaparición pública, el trabajo forzado, la homofobia, la renegación de sus hijos, la orfandad histórica es la imagen que nos dejan en la memoria.

¿Pero qué clase de atrocidad es saber que dos hombres pueden penetrarse, llegar a un orgasmo, a verdaderamente sentir más placer que con una mujer y decirse que entre dos varones esta la gloria? Corraze explica el rito del coito entre varones:

La identificación con el otro sexo implica una transformación de la imagen del cuerpo, en tanto que los órganos sometidos a la erotización sufren una modificación del estatuto. Por ejemplo, en el hombre, el pene se convierte en el clítoris, los testículos en los grandes labios y el ano en la vagina. El mismo individuo, a través de heridas en el pubis, imita el sangrado menstrual. Finalmente, a través de una concepción artificial, colocándose discretamente telas en el vientre, llegan a simular en el embarazo. Al término del proceso, el defecar es visto como dar a luz y el resultado definitivo es el traer al mundo a “un niño que nació muerto”.[8]

Pero si el acto que escapa a una histórica naturaleza también se vuelve parte de esa misma organicidad ¿Qué pasaría si realmente dos hombres pudieran procrear hijos, aún más, pensar en dos mujeres, que dislocaciones sufriría toda nuestra estructura de la verdad/realidad? Pero ante esa negación, únicamente la ficción podría responder estas preguntas. El cuerpo del mexicano tan diseñado para reproducir discursos heterosexuales verlo adoptar un contradiscurso sin duda se ha convertido en una fascinación sociológica presente en las aulas.

Volviendo a la historia mexicana, presentadora de dos realidades, por un lado tenemos nuestra historia progresista, presentada como una nación heroica, donde la hombría es el arma del heroísmo. “Poco después estallo la revolución mexicana, y con ella, años más tarde, la euforia nacionalista que no admitía a los ‘contra natura’, pues ofendían la hombría, el machismo, a la revolución misma: es decir, el homosexualismo no estaba en la esencia del ser mexicano”.[9] La segunda es la sombra histórica de aquellos presos los cuales sufrieron un bombardeo mediático durante 17 días. “La historia de la homosexualidad en México parece haber conservado gran parte del espíritu de Foucault, con la notable excepción de un análisis histórico acerca del papel que correspondió en México a esa voluntad del saber”.[10] Las instituciones periodísticas y educativas fueron el golpe maestro, murales que ilustran una mentira, burla, humillación a la identidad gay “En el México posrevolucionario, los homosexuales aparecieron como la imagen de la degradación en la obra de los muralistas. En su invención de lo nacional, José Clemente Orozco y Diego Rivera los representaron con ropa entallada y rasgos feminoides, como la corrompida burguesía que habría de ser barrida por la energía revolucionaria[11]

Sin embargo, la historia LGBT parece superar todos los bloques establecidos, a pesar de habitar un mundo de impedimentos que niega y lastima, crea pequeños hilos que ayudan a establecer un heroísmo contra natura “Las líneas de fuga, es decir las disposiciones de deseo, no han sido creadas por los marginados. Por el contrario, son líneas objetivas que atraviesan una sociedad, en las que los marginados se instalan aquí o allá, para hacer un bucle, un remolino, una recodificación”.[12]  Las palabras más fuertes de un joven han sido tan volátiles como las balas de un Revólver, son sin duda nuestro Salvador Novo es uno de ellos: “descubierto el mundo soslayado de quienes se entendían con una mirada, yo encontraba aquellas miradas con solo caminar por la calle […]”.[13] Novo recibe una dedicatoria de Ezequiel A. Chavez donde profundiza el valor de su identidad, su nombre “[Se llama usted Salvador; justifique siempre su nombre; tenga siempre pensamientos que salven, nunca pensamientos que dañen, nunca pensamientos que maten.]”.[14] Y a pesar de sus sagaces y peligrosas palabras, su autobiografía incompleta La estatua de sal es un momento de triunfo, de progreso a esta nación falso-revolucionaria. Al igual que Novo dio fe sobre el conocimiento de uno de los bailarines de aquella noche[15] haciendo hincapié en una historia de sombras

La voz heteronormativa del siglo XIX ridiculiza y censura un modelo masculino disminuido. En el XX, las voces de los antes descritos y que ahora se describen a sí mismos, a veces se remontan esos rasgos afeminados pero con connotaciones más críticas y reivindicativas. Ya no se busca la risa que denigra sino la que hace reflexionar. En el nuevo siglo el antes afeminado solitario padece metamorfosis que lo multiplica, que lo transforma en legión de homosexuales, de gays, de travestis, de transexuales, en fin, el variopinto espectro de la diversidad sexual.[16]

Viajo en el Último vagón del metro, cargo un libro con una etiqueta, tiene una cifra “41”. Nadie reconoce este símbolo, esta carga histórica, incluso los adultos metreros no entienden el significado, no saben su historia. Camino por las calles del Centro Histórico en busca de números 41, con un poco de suerte encuentro algunos, incluso pocos albergan espacios culturales que no tienen las letrillas, a lo mejor un cartel que anuncia el nombre de la casa, galería, taller, vecindad, pero los números fueron erradicados, únicamente habita la memoria de aquellos que quieren volver recordar el pasado.

[1] García, Alejandro, Los 41. El baile que escandalizó a México, México, Mar de Sirenas, 2012, p. 118-120.

[2] Ricardo Chaves, José, Afeminados, Hombrecitos y Lagartijos. Narrativa mexicana del siglo XIX, en México se escribe con J. una historia de la cultura gay. México, Temas de hoy, 2010, p. 83.

[3] Op. Cit., p. 29-41.

[4] Foucault, Michel, Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión, Paris, Siglo XXI, 2014, p.44.

[5] Monsiváis, Carlos, Prólogo: La estatua de sal, México, Memorias mexicanas (CONACULTA), 2002, p. 14.

[6] Ibíd., p. 23-24.

[7] Capistrán, Miguel, México se escribe con J. una historia de la cultura gay, México, Temas de hoy, 2010, p. 55.

[8] Corraze, Jacques, L´Homosexualité, México, Editorial Cruz O, 1997, p. 20.

[9] Sergio Téllez-pon, Ibíd., p. 102.

[10] Guerrero Mc Manus, Fabrizzio, Re-tazos de una historia: la homosexualidad y las ciencias biomédicas en el México de mediados del siglo XX, publicado en: La memoria y el deseo. Estudios gay y queer en México, México, PUEG, 2014, p. 72

[11] Laguarda, Rodrigo, Ser gay en la ciudad de México. Lucha de las representaciones y apropiación de una identidad, 1968-1982, México, CIESAS, 2010, p. 24. Citando a Monsiváis en “Los iguales, los semejantes, los (hasta hace un minuto) perfectos desconocidos (A cien años de la Redada de os 41)”.

[12] Deleuze, Gilles, Deseo y placer,  Barcelona, Archipiélago. Cuadernos de crítica de la cultura n° 23, 1995, p. 12-13. Deleuze define Líneas de fuga como “movimientos de desterritorialización: no implican ningún retorno a la naturaleza, son puntas de desterritorialización en las disposiciones de deseo […]. Las líneas de fuga no son necesariamente ‘revolucionarias’, al contrario, pero los dispositivos de poder quieren taponarlas, amarrarlas”. P. 09.

[13] Novo, Salvador, La estatua de sal, México, Memorias mexicanas (CONACULTA), 2002, p. 102.

[14] Ibíd., p. 100.

[15] Ibíd., p. 109.

[16] Ricardo Chaves, José, Afeminados, Hombrecitos y Lagartijos. Narrativa mexicana del siglo XIX, en México se escribe con J. Una historia de la cultura gay. México, Temas de hoy, 2010, p. 84-85.

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