Postales desde Tuxpan

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Cuando me preguntaste si había dormido mentí, no pude dormir pensando que estaríamos solos en una misma habitación haciendo el amor. Siempre tiendo a complicarme los pasos o reglas de lo llaman amor y relación, miro las nubes, recuerdo tu mirada.

Me llevaste a tu tierra, un hermoso pueblo dividido entre el mar y el lago. En ese lugar parecías leyenda, pero eras demasiado sabio para ello. Tu casa era rojo y naranja cubierto de verde, estabas emocionado, era tu primera casa, tu primer gran decoración, tu primer gran hogar sin esas lágrimas que llovieron en tu juventud.

Conocí a dos adultos burlones, reímos, nos identificamos cuando uno pidió usar viagra, ¿acaso tú no me dijiste que necesitabas viagra o tu pasión a los hombres era más que suficiente para tener erección? Aun así, te miraba como un cómplice.

Me mostraste lo más humilde y lo más farol que puede ser tu pueblo, y aun así respiraba el clárido aire, por un momento olvide la vida, mi propia vida, quería extender la alegría a tú lado en una puesta de sol, pero en el fondo, quería besarte.

Huías de los besos con algo de pena, debí darme cuenta… tal vez lo supe desde el momento en que llegó el electricista, admiraste su belleza chacal, me miré y descubrí que era feo, no era lo suficiente salvaje para ser el “Deseo”.

Me hiciste probar cosas nuevas, reímos, cuidabas el poder de mis palabras, no quieres que los malos oídos se den cuenta de mi presencia. Llegamos a tu casa, segunda oportunidad, no pude besarte, la puerta llamó. La noche fue de libros, emociones, amplificaciones. Mi mirada intimidó a tu amigo, -él responde con la mirada. Interviniste porque tu también has sido retado ante mis ojos que miran la verdad de los tuyos. La lluvia pronostica la verdad, pero confías que toda tu calidez y atención es suficiente. Volvemos, parecemos desconocidos, las sábanas moradas aguardan la resolución de nuestros días. Me hablas, has sufrido mucha desigualdad, no puedo creer que aun te afecten las críticas de todos ellos, al final, ellos no conocen tus sentimientos, al menos creo saber conocerlos. Quiero tocar tu mano y ésta huye, temo lo ya predestinado.

-¿Qué haremos? Pregunto. Me dices que no lo haremos, me dices que me deseas en cierta forma (amigos), pero no esa forma para permitirme envolverme en tu piel, me siento rabioso, quiero desaparecer y con ello regresar el tiempo para no haber viajado, pero era tarde, ya estaba llorando en la oscuridad mientras me decías que tenía algo más, que pensaba, y que acostarte conmigo sería una ofensa, pero el rechazo era más humillante que la confusión de tus emociones.

Te dije la razón de mi escritura, no dije que después comencé a escribir para las personas porque estaba cambiando algo en sus vidas, al menos, algunas me lo habían confesado con felicidad, en ese momento me di cuenta que escribía para llegar al corazón de las personas, pero no llegué al tuyo. Me fui a la cama de sábana azul, mi cuerpo sudo lágrimas…

Al otro día, seguía rabioso, el taxi tenía una inscripción con caligrafía chola: “Señor del veneno”, quiero una dosis por favor. Miras al mesero, le llamas “la loca del pueblo”, su felicidad me recuerda lo mucho que odio la apariencia, podría pedirle hacerle el amor solo para calmar el odio. ¿A quién odio? Me digo a mí mismo que no puedo odiarte, pero un agujero en mi cuerpo quiere decir lo contrario, no quiero que crezca, quiero atesorar tu calidez por encima de todo, y me cuidas aunque quiera herirme, no sé por qué te tomas la paciencia con un muchacho terrible.

El lago es silencioso, como el lago de un pueblo abandonado. Me llevas al área más pobre y popular, en una sola calle, pude vivir tu infancia.

Te metes primero a bañar, tal vez sea la última vez que te vuelva a ver pensé. Volteaste con mucho susto, te abracé a la fuerza, no tuve los huevos de hacer que se tensaran los tuyos, ya estaba demasiado caprichudo, no me atreví a provocarte una erección, tal vez incluso hubiera fallado. No quiero bañarme, acaricias mi cabello con jabón líquido, tratas de entenderme.

Miramos el lago por última vez mientras se enfrían nuestros americanos, lloró, no puedo contener tanta lágrima, a veces pienso que como fotógrafo lloro para limpiar mis ojos de interminables imágenes que veo. Regresamos y quieres reconciliarte, trato de hacerlo imposible, pero termino cediendo, quiero seguir a tu lado, pero también quiero pertenecer a tu piel. Me dices que algún día, odio el “algún día” suena a lástima o consolación a nuestras vidas, pero la consolación no es más que una forma de derrota a nuestra alma.

Cantamos estúpidamente, a veces tu voz se torna muy grave, te pareces ligeramente a ese padre que describes, ¿cómo hubiera sido conocerte de joven y ser tu novio, te hubieras fijado en un chico como yo o ahora con tus años puedes saber mirar a las personas sin tanto desenfoque?

Tuve más sentimientos en un día que en meses, maldición, cómo no pude hacer el amor contigo.

Vuelvo a ver tu mano y veo la respuesta que conocía y no quise aceptar, me quieres besar y te detengo, le hago caso a mi honor, ahora sí comienzo a odiarte, pero en cuanto te vas la tristeza regresa y vuelvo a quitar ese hueco quiero detenerte, abrazarte y recuperar el beso que rechacé.

Temo.

Recuerdo el lago y la playa, los barcos, la comida, las risas y las complicidades, recuerdo las ligeras y casi invisibles lágrimas que derramaste, recuerdo todo lo bueno y lo malo, todo en un mismo lugar, un mismo retorno, pero quiero tener la voluntad para saber qué hacer.

Tuxpan es una licuadora de emociones. ¿podré verte o será mucho el dolor para desaparecer?

Temo. Odio. Quiero…

 

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