El Rastro. Voces ausentes de un asesinato suicida

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Aquí, en el rastro estamos todos muchacho, sin nadie que nos regale una mirada, solos y cobijados por la noche sola, agujerada por los coyotes que la caminan.

Elena Garro

Con la llegada del otoño y los climas cambiantes, un pequeño espacio que cobija la cultura y el teatro tiene el honor de presentar unas de las obras más naturales y despiadadas en la dramaturgia mexicana del siglo XX. El Traspatio escénico presenta como parte del centenario de Elena Garro, su obra titulada El Rastro.

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La obra realizada por el director Arturo Adriano quien también interpreta al personaje principal (Adrián Barajas), un joven de 23 años que aparece en medio de la oscura y solitaria noche conversando con dos figuras muertas en carne viva. Adrián Barajas es la representación de un hijo de la orfandad que no tiene raíces y reproduce en un ciclo de violencia, es decir, una especie de reproductibilidad machista, el reclamo a su joven esposa Delfina Ibáñez por llegar a una situación sin salida donde el cuchillo, puñal de la traición encantada del mexicano será el instrumento de la Divina providencia (socorro de los hombres) para matar a su mujer embarazada.

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Desde el momento en el que entras al pequeño espacio la lejanía se diluye y comienza una pequeña atmósfera coloidal de negros con pequeños fragmentos luz que simulan las velas de aquella época. Los olores a copal, carbón, tabaco y algunas plantas desconocidas se entremezclan con el sonido poético del agua y las respiraciones, si darnos cuenta, nos convertirnos en uno de los habitantes más del espacio precario poseedor de todas las naturalezas del ser.

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Con una escritura mágica, característica de escritores de su época, los diálogos de Elena nos envuelven en la constante reflexión y crueldad de vivir en un mundo rígido y despiadado, olvidado en alguna frontera. Nuestra noción del rastro es aquellos mercados donde llegan las carnes animales, pasan a ser desolladas y expuestas a un carnaval primitivo. En el caso de Adrián, hundido de borracho, hablando con dos desconocidos, amenazando en las sombras a Delfina con su acero podemos pensar que nuestros hogares tienen similitud, un lugar sin perdón.

Barajas tiene miedo, duda, desconoce sus pasos, se aferra a su pasado, a su padre y madre, a ver a la mujer por abajo. Delfina lo amenaza, sí ella muere su imagen no se ira jamás “Si me matas no me iré. Me quedaré llorando junto al pirú, para que te acuerdes de cuando me hallaste en el camino de Almoloya, rodeada de mis padres y mis hermanos y tú te me quedaste mirando y yo me quedé mirándote…”. Delfina parece ser una amenaza a los hombres y en ello se pacta la melancolía de Barajas.

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La obra es cálida a pesar de gran frialdad que presenta, los cuerpos imaginarios les da balance al hacerlo hombre y mujer, las actuaciones son profundas, tienen escala, poder… El Rastro es una de las obras que merece ser vista y sentida. Desde el inicio hay una tensión permanente que te obliga a querer seguir viendo la resolución de tal noche encoyotada.

En palabras del escritor Nazul Aramayo: “El amor era ese silencio de cartuchos vacíos […], canto como un coyote desde entonces“.

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