Apartamento 34

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La sexualidad aparece de forma siniestra. No logro explicar cómo es que tengo acceso a ese mundo alterno donde la normalidad sigue y dos o más sujetos llevan a cabo acciones erotizantes. Abordo el tren en dirección Cuatro Caminos. Aparece un primer sujeto, su nombre es Nikita, un chico homosexual al cual brindaba mis servicios sociales para acreditar horas, el segundo sujeto, Alex.

Seguí mi camino con Alex, realmente no deseaba ir, o quería tener la puerta abierta a esa sexualidad; llegar, coger, hablar, intentar algo que nunca será…

Nos bajamos en la estación San Antonio Abad, me pide que le explique los funcionamientos de su cámara digital, lo acompaño con la condición de que me vuelva a dejar en el metro, la avenida Tlalpan no es de mi agrado y seguridad. Caminamos por las calles donde las prostitutas travestidas de mujeres posan al ritmo del micro, el taxi y la mirada nacalesca de esos hombres que andan ganosos y sin chiste. Me gusta que los homosexuales se traten con delicadeza, es parecido a una prostituta cara en manos de un oficinista elegante, hay estilo, coquetería fugaz, la interacción más pareja y equilibrada como la balanza de Libra.

Es extraño encontrarme en estas situaciones, sigo sin poder explicar la llegada, solo sigo caminando con el miedo entre mis piernas y la respiración, ¿seguiré vivo, cuando será el bueno que me despoje de mi valiosa vida a la cual me aferro con suma vanidad o moriré en el orgasmo? Llegamos al apartamento número 34 en el cuarto piso, respiro enérgico, descubro la hostil figura de los edificios, como me choca que incomoden el paisaje.

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Entramos y su hermano nos recibe mientras revisa sus hojas de inventario, este sujeto medio gordito canoso y con pinta de Godínez apenas si me alcanza la mirada, trata de no usarla, de negarla, ¿a cuantos más se las ha negado, o es que solo se las niega a los jotos, homosexuales, maricas o locas? Entramos a su habitación y le hacemos a la mamada, esperamos a que la decisión sea total, que la adrenalina pida algo más chingón que el sexo…, recuerdo en una ocasión decirle a un ex que haría una entrevista a un doctor, le comento que deseo saber sobre el funcionamiento de la adrenalina, su voz con intensión de joderme evoca la frase “Adrenalina es que te pongan en cuatro y te la metan”. El ardor resplandeció en toda su figura, era totalmente un puto, un puto ardido que escupía veneno sin colmillos, tan víbora indefensa que solo saca veneno sin mordidas, manchas en la piel que no penetran la sensibilidad, pobre pendejo que no sabe sobre adrenalina.

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Cierra la puerta, revisa su celular mientras le desabrocho su pantalón y saco su pene aguado, usa tanga. Intento masturbarlo, pero se me resbala, no puedo conjurar la erección viril. Nos concentramos, pero debemos mantener el silencio, jamás pensamos en una acción, una penetración. Comenzó a masturbarme con su izquierda mientras que la derecha daba firmeza y potencia a su pene, los lunares constantes y una tremenda cicatriz curva causante de dos tumores, uno cerca del hígado otro en los intestinos es mi filia visual que se aferra en mis suspiros, alcanzo el nirvana orgásmico en menos de tres minutos, Alex toma dos minutos para alcanzarlo. Le robo un bóxer de robots, lo miro extrañado, somos extraños realmente, pero la mayor adrenalina, el mayor placer, la mayor sexualidad que llega de diversas formas, algunas siniestras, otras salidas de contexto menos sexual y educado se representaron en los lunares y la cicatriz; un recuerdo de la sobrevivencia médica, esas líneas tan bien detalladas, un mapa urbano, un sujeto más sexy que los asquerosos mamabólicos o las estatuas griegas que comienzan a apestar a viejo, únicamente para viejos que pueden pagar sus atributos. Alcancé el atributo de la cicatriz, esa representación de una nueva vida ante la miseria de la tarde.

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El sol brilla, regreso un poco inquieto, me preocupa saber que el día de mañana esa sexualidad me vuelva a acorralar de una forma la cual no puedo llegar a teorizar o escribir, expresar y ver con estos ojos que a veces odian, a veces aman y unas llegan a sentir empatía por la pérdida de nuestro mundo espiritual.

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